Casi me quedo sin conocer a esta pareja por problemas técnicos de nuestros buzones intergalácticos.
Menos mal que el destino, o el ser sobrenatural que gestione desde lo más alto las cosas maravillosas que nos pasan, nos brindó la oportunidad de traspasar la barrera de proveedor cliente. Jamás podría hablar con objetividad de esta pareja.

Aunque claro, se puede quizás, ¿hablar del amor con objetividad?

Ali miraba a Jose. Jose miraba a Ali. Y los planetas se alineaban para después volvernos locos a todos con los vaivenes de sus pasiones (mentales y físicas). El caso, es que, como pasa con todos los amores de esos que sientes inmortales desde fuera, yo, les ví. Les ví cómo vemos las motas de polvo a contra luz. Así. Maravillados. Maravillada. Se quieren por encima de las normas dictadas e impuestas sobre el amor. Se quieren como se quieren dos personas que están dispuestas a darlo todo por un instante, por una locura, por un remolino de sensaciones en el pecho. Se quieren como mi cámara les vio quererse, y como tú vas a verles ahora.

¡Gracias!

Por confiar en mí. Por quererme. Por los pequeña. Por la emoción. Por dejarme formar parte de vuestra historia, de vuestra intensidad, de vuestro amor. Por el rissoto con setas y las bravas que queman. Por cómo te ries, Ali, qué más bonita, más sincera, más transparente, no las hay. Por cómo transmites Jose, que sigo anclada en aquella conversación, justo antes de nuestra primera foto.

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